Una actriz bajo asedio: un cuento de hadas
- 14 abr
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Lo que comienza como un llamado inesperadamente temprano se convierte en un día surrealista dentro de un estudio de televisión bajo confinamiento. Entre guiones que no llegan, escenas improvisadas y horas de espera sin poder ir a ningún lado, el elenco y el equipo navegan el caos con humor y resiliencia. Al final, no es la actuación sino la resistencia lo que define el día.
Una mañana que empezó demasiado temprano

Érase una vez una chica que vivía en la mágica meseta de Bacatá, una ciudad en lo alto de la cordillera de los Andes. En este rincón noroccidental de Sudamérica, la nieve, la lluvia y el sol pueden aparecer en el transcurso de una hora.
Ese miércoles en particular era especial—uno de esos días paradójicos de Bacatá: inusualmente soleado, extrañamente caluroso, pero con un sol frío, parte de sus cambiantes patrones celestiales.
A las siete de la mañana, antes de que la luz del día terminara de aparecer, Petra dormía profundamente en su acogedora cama cuando sonó el teléfono. Gimió y estiró la mano hacia el teléfono fijo.
“¿Aló?”
“¿Qué tan rápido puedes llegar al estudio?” Era Meder, el coordinador.
“¿De qué estás hablando? Me dijiste que mi llamado era al mediodía. Técnicamente todavía estoy soñando,” dijo Petra, bostezando.
“Necesitamos que llegues al estudio lo antes posible.”
“¿Qué está pasando?”
Silencio.
“Te necesitamos lo antes posible. Cambiaron las escenas,” respondió Meder, con tono plano.
Petra se incorporó en la cama. El tráfico a esa hora sería infernal, pero al menos terminaría antes de que acabara el día.
“Bueno, me tomará un rato para arreglarme antes de salir,” dijo.
“Vestuario quiere recordarte que traigas la mayor cantidad de ropa posible. Ciao.”
Petra miró el teléfono. Alguien amaneció de mal genio.
Se estiró y se fue hacia el clóset. Silvia, la encargada de vestuario, había sido muy específica la noche anterior: “Trae todo lo que puedas.” Petra sacó su maleta de mano de debajo de la cama y tomó un par de bolsas más. Tarareaba mientras empacaba—minifaldas, pantalones con estampado de leopardo, chaqueta de jean, leggings negros, blancos, de serpiente, y como veinte blusas distintas, además de algunos suéteres y ponchos. Todo perfecto para María Begonia, su personaje.
Iba a ser un día interesante. No interpretaba a María Begonia desde hacía un tiempito. Ernesto, el escritor, había estado ocupado en… actividades más alcohólicas. Petra sonrió. Iba a ser un gran día—de vuelta al trabajo.
Dos horas después, llegó a las puertas del paraíso de UEPTMG (Una Empresa de Producción Televisiva Muy Grande). En la entrada, varios hombres vestidos con ropa tipo militar agitaban bates de béisbol y palos de madera, rodeados por una multitud de civiles intentando abrirse paso.
Petra entrecerró los ojos. ¿Estaban filmando una película de guerra? Tal vez podría colarse en ese proyecto—hacer de enfermera, quizá de espía.
Marcó el número de Meder.
“Parece que están filmando en la entrada.”
“Da la vuelta por atrás,” dijo él.
Cuando se bajó de su hatchback rojo cereza, Meder saltó frente a ella.
“Deja el carro aquí,” le dijo.
“¡Ay! Me asustaste. ¿No puedo parquear adentro con los demás?” preguntó,
“No hay espacio.”
“Qué pena.”
“Te ayudo con las maletas.”
“Gracias.”
Sacó su identificación, la mostró en la entrada trasera y, tras un zumbido y el pesado clic metálico, la puerta se abrió.
Finalmente, estaba de vuelta al trabajo de sus sueños—actuando en la telenovela Reina de Oro, Corazón de Drama.
El estudio a puerta cerrada
El parqueadero estaba lleno. Cuando la puerta se cerró con estrépito detrás de ellos, Meder se detuvo y se volvió hacia ella.
“El estudio está sitiado.”
“¿De qué estás hablando? No están filmando afuera?”
“La gente en la entrada organizó una protesta. No están dejando salir a nadie. Le rompieron el brazo al guardia de seguridad.”
“Dios mío. ¿Y el tipo de la puerta de atrás?”
“Es uno de ellos.”
“¿Y me hiciste venir sabiendo esto?”
Meder se movió, incomodo.
“Te necesitamos. Estás en la gran escena de la fiesta. Sale al aire mañana.”
“Hijueputa,” murmuró Petra.
De pronto pensó en el aviso de televisión del motel de cucarachas—las cucarachas entran, pero no salen. Estaba atrapada.
Respiró hondo, ajustó su bolso y avanzó, toda una actriz profesional, incluso bajo asedio.
Petra se dirigió al camerino, donde Silvia, la encargada de vestuario, tomó sus maletas.
“Nos enteramos anoche que estarías en la escena. No hubo tiempo de comprar nada. Perdón.”
“No me molesta,” sonrió Petra. Había venido preparada.
“Vamos a maquillarte,” dijo Amparo, tomándola del brazo y llevándola a la silla.
“¿Esto ya estaba pasando cuando llegaste?” susurró Petra.
“Sí, pero no quieren que hablemos de eso,” respondió Amparo, señalando hacia la puerta.
Cuarenta minutos después, Petra estaba lista para cámara. Algunos actores estaban afuera, descansando y jugando cartas.
“¿Cuántas escenas han filmado?” preguntó.
“Seguimos esperando las páginas,” gruñó Gonzalo desde su asiento.
Gonzalo era el galán residente. Bajo, delgado, calvo, con una sonrisa pícara y gran sentido del humor, le encantaba bromear con ella. Petra se quedó mirando sus labios y se preguntó si besaría bien… entonces sus palabras finalmente le hicieron clic. Salió de su ensueño.
“Espera, ¿quieres decir que la escena no ha sido escrita?”
“No,” respondió, levantando una ceja. Qué lástima que estuviera casado.
Guiones, caos e improvisación
Hace seis meses, eran solo otra producción con un buen guion. Ahora eran la telenovela número uno. A medida que el rating subía, los libretos llegaban cada vez más lento—a veces apenas una página a la vez.
Petra caminaba por el recinto de producción, lejos de la multitud. En el edificio contiguo, la cadena continuaba su transmisión como si nada estuviera ocurriendo, ignorando el caos afuera.
Sonó su teléfono.
“¿Qué es esto que estoy viendo en las noticias sobre un bloqueo? ¿Estás ahí?” Era su madre. El asedio ya era internacional.
“No es nada,” dijo Petra con ligereza. “Solo una pequeña protesta.”
“¡Avísame cómo sigue!”
Colgó, preguntándose cuánto duraría esto. ¿Debería adueñarse de un sofá? ¿Racionar comida?
“¡Petra!” Gonzalo corrió hacia ella. “¡Tenemos las páginas!”
“¿Cómo?” La oficina de Ernesto estaba en otro edificio. No había forma de llegar sin pasar por el frente, donde estaba la multitud.
“Meder saltó la pared y consiguió las páginas. Las están fotocopiando ahora.”
“Tengo que colgar, mamá,” dijo al teléfono. “Me están llamando.”
“¡Avísame cómo sigue!” gritó su madre.
Había cuatro escenas—Petra estaba en dos. La primera se grabó rápidamente; improvisó la mayor parte de su diálogo. El desfile de moda y la fiesta tomaron mucho más tiempo. Todo el elenco estaba ahí, junto con decenas de extras. Todo era movimiento constante, gente entrando y saliendo mientras se hacían ajustes una y otra vez, incluso cuando todo parecía estar perfectamente bien apenas unos momentos antes.
Esperar como actriz… o sea, esperar eternamente
Para las 4 p.m., el elenco había terminado… técnicamente. Y técnicamente, nadie podía irse.
Así comenzó la espera.
Petra y Gonzalo encontraron un tablero de damas afuera.
El sol se puso. Las conversaciones se hicieron más lentas. Empezaba a sentirse como si nunca se fueran a ir de ahí.
A las nueve en punto, Meder finalmente apareció.
“Ya se pueden ir a casa.”
Sin aplausos. Sin música. Solo alivio.
Petra saludó al guardia de seguridad habitual en la entrada trasera—el que sí conocía—y caminó hacia su carro, agradecida de que todavía estuviera allí.
Y así, el día terminó—no con un estallido, sino con ese suspiro silencioso de haber sobrevivido la espera.
Ni una sola mención en las noticias, como si no hubiera pasado.
Y sí… todos vivieron felices para siempre.
O al menos lograron llegar a casa a tiempo para meterse en la cama.
Nota: Cualquier parecido con hechos reales es pura coincidencia… y esa es la versión que sostengo.