Aventuras con ojos, segunda parte: Actuando por instinto
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Siguiendo mi intuición en medio del laberinto médico
Si hay algo que he aprendido a lo largo de mis aventuras médicas, es que la única persona que puede levantarse y exigir respuestas soy yo. Durante años acepté el veredicto del médico como si fuera palabra sagrada. Si lo decían ellos, debía ser verdad. Luego empecé a preguntarme, a cuestionar. Esa es la belleza de las segundas opiniones. No todo el mundo puede tener la razón todo el tiempo.
A medida que se acercaba mi cita para que me hicieran láser en el ojo, busqué en Google “los mejores doctores de glaucoma en Los Ángeles”. Necesitaba una segunda opinión, y rápido. Había un grupo de especialistas, todos dentro de ese rango “excelente”, pero para poder verme, tenía que enviar mis historiales, como si fuera una solicitud, para ver si me aceptaban. Llamé a la oficina del Dr. Ojos Azules y pedí que los enviaran. Ningún problema. Me sentí como si estuviera aplicando a un club exclusivo. En Los Ángeles hay muchos médicos que no aceptan pacientes nuevos.
Esperé dos semanas y luego llamé a la oficina principal, preguntando con cautela si habían recibido mis registros. Me dijeron que esperara un poco más. Finalmente llegó la llamada: habían aceptado mi caso. El 25 de marzo de 2026 a las 7:15 de la mañana era la primera cita disponible, y sería con el Dr. Boss. Tendría que levantarme a las 5:30 para llegar a tiempo al centro oftalmológico. Ningún problema.
Actuar sin máscaras: donde la experiencia vale más que el encanto
A las 7:15 en punto estaba llenando los formularios de paciente nuevo. Luego comenzaron las pruebas. Todas las máquinas funcionaban, no había miradas de reojo ni suspiros de fastidio como en la consulta de Ojos Azules. Examen de visión, campo visual, fotos de retina. Luego conocí al doctor. El Boss no intentó sonreír falsamente; se enfocó en mis pruebas, dilató mi ojo y me mandó de nuevo a tomar más fotos. Sin trato cálido, pero ya lo sabía—había leído las criticas en el internet. No necesitaba una capa de dulzura, necesitaba su experiencia para llegar a la verdad de lo que me estaba pasando.
Algo noté de inmediato cuando saltaba de un lado a otro presionando botones para llamar a sus asistentes: tenía unos ojos amables, que sabían. Mi padre podía diagnosticar a la persona antes de mirar el fondo del ojo. Sentí que el Dr. Boss tenía ese mismo don. Estaba corroborando evidencia, no tratando de resolver un misterio.
Actuando desde la verdad: cuando finalmente llega el diagnóstico
De nuevo pasénpor el pasillo para otra foto, y luego de vuelta al consultorio. El Dr. Boss entró y empezó a hablar, gesticulando con las manos.
“Cuando estamos en el vientre, los ojos se forman de adelante hacia atrás. Pero a veces, la parte de atrás no se cierra, como una fisura.”
“¿Como un labio leporino?” pregunté, tratando de visualizar lo que decía.
“Sí, exactamente. Por eso aparece como si no estuviera cerrado. Se llama ‘pit’. Probablemente naciste así.”
“Y el hecho de que mi ojo sea tan alargado no ayudó,” añadí, recordando lo que mi padre me había dicho.
“Sí.”
“Entonces el otro doctor me diagnosticó mal.”
“Estaba preocupado,” respondió el Dr. Boss, pero podÍa oír la veracidad en su voz.
“Entonces no tengo glaucoma.”
“No, porque no coincide con tu campo visual, que es normal, ni con tu presión intraocular. Ese diagnóstico no se sostiene.”
“Y no necesito la trabeculoplastia.”
“No, no la necesitas. Vuelve en seis meses para revisarte la presión ocular. Y por favor deja de tomar el Timolol.”
Inhalé profundamente. Mis ojos, libres de glaucoma, empezaron a llenarse de lágrimas. Había pasado meses actuando tranquila mientras por dentro entraba en pánico silenciosamente. El Dr. Boss me estaba dando una salida directa del infireno.
Llegué a casa y lo busqué en Google. “Un optic pit (o fosa del disco óptico) es una pequeña depresión o cavidad rara, congénita y generalmente asintomática en la cabeza del nervio óptico, presente al nacer y que se encuentra en aproximadamente 1 de cada 11,000 personas.”
Me pregunto por qué mi padre, un cirujano oftalmólogo de talla mundial, nunca me dilató para revisar la retina. Lo habría visto de inmediato. Pienso en la vez que me dio apendicitis una noche larguísima en el colegio. Mi tío, internista en Colombia, se estaba quedando con nosotros. La familia se levantaba periódicamente para comentar sobre mi dolor intenso de estómago. Ni mi padre ni mi tío lograron hacer un diagnóstico. Tuvo que venir el médico de familia a las seis de la mañana a confirmarlo.
El trabajo eterno del perdón
Mi padre, maravilloso y complejo. Tuvimos una relación complicada mientras estuvo vivo. Ahora me gusta pensar que está feliz, hablando de ojos en el cielo con sus colegas. De pronto me dio un pequeño empujón desde allá que me llevó al Dr. Boss. El perdón es algo poderoso que he aprendido con los años. Soy más feliz cuando lo hago de inmediato. Me gusta practicar el perdón hacia mi padre regularmente. Nunca pasa de moda.Ahora también puedo perdonar a Ojos Azules.
La semana pasada fui a pagar mi saldo pendiente de $10.75 en la oficina de Ojos Azules. Cuando me di vuelta para irme, vi su nombre y sonreí. Él también está en mi lista de perdón.
¿La moraleja? Escucha tu intuición. Si algo no te cuadra, hay una razón. Sé tu mejor defensora. Al final, eres todo lo que tienes. Gracias, papá.