Actuación bajo una luz tenue
- Pilar Uribe

- hace 6 días
- 4 Min. de lectura
Paso un día cualquiera practicando la actuación sin estar en el centro: escucho, observo y voy juntando comportamientos donde los encuentro. Cuando me meto en la cama, hasta mi mal humor ya se volvió material útil.
Una camiseta ajena, un lema propio

Durante mi tercer año de universidad, me indigné al encontrar mi suéter favorito en uno de los cajones de mi compañera de cuarto. Debajo había una camiseta suya, así que la tomé. En el frente decía: “Puede que me eleve, pero me niego a brillar.” Me encantaba ponérmela cuando estaba de mal humor. Ella nunca dijo una palabra y yo usé esa camiseta hasta que, unos años después, se deshizo.
Así me siento este jueves en particular: negándome a brillar. Han pasado tres semanas desde que regresé de la Costa Este y mi cuerpo todavía se despierta en plena oscuridad, tres horas antes de lo habitual. Eso me pone de mal humor. Acabo de salir de un sueño en el que una cabeza de diablo clavada en un palo cantaba. Suena la alarma del teléfono en la otra habitación. Eso me irrita aún más. Vuelvo a la cama y me arruncho unos minutos más con Paco, que ocupa casi toda la cama bajo las sábanas. Es hora de mirar el libro que estoy leyendo, hacer mis afirmaciones y ejercicios matutinos, preparar el desayuno para los dos y ponerme a trabajar.
Mi pasión es la actuación. Ya sea grabando audiciones en mi cabina de voiceover, en una sesión de estudio o estudiando para una clase de actuación, siempre estoy afinando mi oficio. Últimamente me he vuelto más consciente de dos componentes fundamentales de esta profesión: escuchar y observar.
Observando desde el asiento lateral
Escribir en cafeterías es la forma más fácil de hacerlo. Después de nadar temprano por la mañana, voy a uno de mis lugares favoritos esperando encontrarlo vacío, pero está casi lleno. Hay una estudiante que suena muy importante, con computadora portátil, tableta y hablando por teléfono, ocupando tres espacios.—¿Me hace un campito? De verdad lo agradecería —repito la pregunta de distintas maneras hasta que finalmente me concede la esquina.
Me acerco a una joven con trenzas sentada en la mesa de al lado.—¿Puedo usar tu silla? Es la única que tiene respaldo.—Hay alguien que va a llegar —responde.
Me encojo de hombros, tomo un banco cercano y abro la computadora. No puedo evitar escuchar las distintas conversaciones que flotan en este pequeño y moderno local.
“San Diego está a siete horas.” (¿en serio?)“El pedido 46 está listo.”“Las ambientales son mucho más rápidas.”“Te lo mando hoy.”“¿Ese número está bien? A mí me salió otro.”
Los estudiantes comen, hablan, toman café, estudian y se concentran. No me interesa la conversación en sí. Lo que escucho son distintos patrones de habla: rápidos, lentos, interrupciones, vacilaciones, tartamudeos. ¿Qué no se está diciendo? ¿Qué hay debajo de las palabras?
Luego está el comportamiento: cómo se sientan, se paran, dudan y esperan la aprobación de sus amigos. Es fascinante. ¿Yo era así cuando era más joven? No importa. Esos comportamientos son material que puedo usar cuando trabajo un personaje.
La chica que ocupaba demasiado espacio se levanta y le pido su silla. Muevo la computadora, agradecida por tener más espacio. Un hombre corpulento ocupa mi banco en la esquina. Ahora tengo otro ángulo. Antes miraba la parte trasera de un refrigerador; ahora puedo ver a dos mujeres admirando las plantas en macetas afuera del Trader Joe’s.
Dos horas después, mi espalda ya no aguanta más. Pienso en la mujer de las trenzas. Me tienta pasar junto a ella y hacer un comentario sarcástico por no haber compartido la silla extra. Percibo un cambio en el volumen del café abarrotado. Me doy vuelta. La amiga de la mujer de las trenzas está sentada en la silla. Me alegra haberme quedado callada. Inhalo aliviada y exhalo el sarcasmo.
El lado poco romántico de la actuación
Vuelvo a casa. Practico mis tareas de actuación. Tengo como fecha límite leer cinco libros antes de junio. Voy atrasada porque estoy leyendo uno recomendado que no me inspira a continuar. Además, tengo muchas películas y series que ver antes de que cierre la votación de los premios de actuación de SAG-AFTRA.
También reviso la parte administrativa mientras me preparo para hacer los impuestos. No es algo que me encante, pero es necesario. Al final, soy mi propia pequeña empresa.

Hace muchos años, cuando estaba entre trabajos corporativos, hice las pruebas de Johnson O’Connor. Después de dos días de evaluación, me dijeron: “Serías una gran actriz.” Nunca olvidaré cuando el evaluador dibujó un círculo y lo dividió en dos.
—La parte grande —dijo señalando— es para las finanzas, la construcción, la educación, el transporte; todo lo relacionado con el funcionamiento del mundo y los negocios. La porción más pequeña es para los actores, pintores, músicos, escritores, todo lo que tiene que ver con el arte. Esto es lo que la gente no entiende: la porción pequeña no puede vivir sin la grande, pero la grande no sobreviviría sin los artistas.
Balance del día
Preparo la cena, asegurándome de servirle a Paco primero. Si no, no escucharía el final. Repaso mi día. Comenzó a las siete de la mañana, viendo a un salvavidas bailar una cumbia sutil mientras yo nadaba. Termina a las diez de la noche, con Paco apareciendo sigilosamente bajo las sábanas y acomodándose contra mi cadera. A pesar de mi negativa inicial a brillar, mi mal humor me permitió observar sonidos, actitudes, comportamientos y formas de caminar. Mucho material para incorporar a un personaje, ya sea para un monólogo, una escena o una sesión de voiceover. Al final, todo es actuación.