Actuación, ambulancias y Sam Levinson
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Un papel de una sola línea en Euphoria se convierte en una lección sobre confiar en el trabajo realizado. Después de semanas de espera, una llamada de madrugada para llegar al set y una sencilla nota de Sam Levinson para hacer “menos”, una actriz descubre que, a veces, la mejor actuación surge simplemente de escuchar y estar presente.
Antes del café y del amanecer

September 5, 2026, 4:40am.
Al parecer, entrené a mi cuerpo para despertarse antes que el despertador.
O tal vez me asusté tanto la noche anterior que ya no había manera de dormir profundamente.
Paco sigue dormido en el borde de la cama, así que saco las piernas con mucho cuidado. Me ducho, me visto, le doy de comer y lo abrazo varias veces (sí, me deja cargarlo, aunque a regañadientes).
Uf.
Después de registrarme, me llevan a mi cubículo y me preguntan si quiero desayunar. Cinco minutos después llega un omelette con tostadas y apenas tengo tiempo de devorarlo antes de ir a peinado y maquillaje.
La pelirroja encargada de mí hace un excelente trabajo haciéndome ver natural (¿por qué no apunté su nombre?).
Un centro quirúrgico real y una enfermera de mentira
Regreso a mi tráiler y me pongo el uniforme médico.
Estoy a punto de empezar a leer cuando escucho un golpe en la puerta.
Es hora de ir.
En la camioneta conozco a las dos chicas con las que compartiré escena, quienes en la historia se han sometido a cirugía plástica: Annemarie Harris y Anna Van Patten. Ambas son cálidas y muy amables.
Llegamos al verdadero centro quirúrgico y me indican que me siente detrás del vidrio de la recepción.
Interpreto a la enfermera de la clínica que le dice a Mitch (interpretado por Daeg Faerch) que la siga hasta donde están las chicas en recuperación.
Miro a mi alrededor. Detrás de mí hay estanterías repletas de expedientes médicos, desde el piso hasta el techo. Justo afuera y al final del pasillo están los consultorios donde las chicas se recuperan detrás de puertas cerradas.
Aquí sí se realizan cirugías de verdad.
El primer asistente de dirección entra y me dice:
—Estás organizando papeles y luego dices tu línea.
Hay algunas carpetas y órdenes médicas reales debajo de ellas. Me pongo a trabajar, aparentando estar ocupada.
El equipo está dando los últimos retoques al set cuando escucho:
—¡Sonido!
—¡Acción!
Mitch llega a la ventanilla.
Digo mi línea.
—¡Corte!
Sam Levinson y una lección de actuación que nunca olvidaré
Momentos después, el director Sam Levinson entra al set.
Uy.
Esto quiere decir que metí la pata.
Me mira y sonríe.
—Haz exactamente lo mismo, pero menos.
Hay algo en la manera en que lo dice que me tranquiliza.
Me doy cuenta de que he estado tan ocupada pensando en la actuación que olvidé que no tengo que hacer nada. Solo necesito estar presente en el momento.
Asiento con la cabeza.
Él se da la vuelta y sale.
El primer asistente de dirección vuelve a dar las mismas indicaciones.
Mitch entra.
Digo mi línea.
Me levanto y salgo de cuadro.
Quince segundos después escucho:
—¡Seguimos!
Tengo una sonrisa enorme.
Lo logré.
Cumplí con mi parte en una pequeña escena que hace avanzar la historia.
Resulta que puedo actuar y masticar chicle al mismo tiempo.
El resto del día transcurre sin complicaciones. Hay tomas en ángulo inverso, más empujones de camilla y, finalmente, almuerzo a las dos de la tarde.
Un montaje más y me liberan a las 5:15 p. m.
Me subo al carro y de inmediato me encuentro con el habitual parqueadero disfrazado de autopista que llamamos tráfico en Los Ángeles.
Más de doce horas desde que sonó el despertador hasta que crucé la puerta de mi casa por una sola línea.
Lo volvería a hacer mañana.





