Actuando frente a la muerte
- Jul 14
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La muerte repentina del hermano de una amiga me hace reflexionar sobre cómo aprendemos —o dejamos de aprender— a convivir con el duelo. Al mirar hacia atrás y recordar varias pérdidas a lo largo de mi vida, me doy cuenta de que la muerte siempre estuvo presente, pero casi nunca se hablaba de ella.
Cuando suena el teléfono

Hace unas semanas murió de manera repentina el hermano de una muy buena amiga.
Después de almorzar empezó a sentirse mal y, al día siguiente, su hígado estaba fallando. Una semana después había muerto.
No hubo ninguna advertencia. Ninguna enfermedad crónica. Ninguna condición preexistente. Ningún deseo de morir. Solo un hombre común y corriente que iba a trabajar todos los días y llevaba treinta años felizmente casado con su esposa.
Nuestras familias pasaron muchos veranos juntas en Long Island: asados, fiestas en la piscina y juegos de mesa. Yo no lo conocía tanto porque era mayor que yo, pero siempre estaba por ahí y siempre tenía una palabra amable para mí.
Ahora, el hermano con quien mi amiga pensaba envejecer después de que sus padres ya no estuvieran, había desaparecido.
Su pérdida me hizo pensar en la muerte.
Actuando con fortaleza antes de saber cómo
La primera muerte que recuerdo fue la de mi tía Clarita. Yo tenía ocho años cuando mi papá recibió la noticia por teléfono diciendo que había fallecido de un aneurisma.
Recuerdo que la tristeza envolvió la casa como una de esas cortinas pesadas de terciopelo de un teatro que ahogan cualquier sonido.
"La tía Clarita se murió."
Lloré, pero no sé si entendía realmente lo que estaba pasando o si simplemente estaba respondiendo a las lágrimas de mi papá. Nunca antes lo había visto llorar.
Después vino el silencio.
Y no se volvió a hablar de ella.
Todo menos el dolor
Cuando mi familia se enteró de que uno de mis primos mayores se había disparado mientras jugaba a la ruleta rusa, todos viajamos a Colombia para acompañar a nuestros familiares. Dejó una esposa y dos hijos pequeños.
Recuerdo ver a los niños jugar en la casa de mi tío, en Ibagué, y pensar lo ajenos que parecían a aquella noticia devastadora.
Durante todo el día llegaban señoras de visita para dar el pésame. Mi tía permanecía sentada en la sala llorando por su hijo mientras las vecinas le llevaban tinto —el café negro colombiano— y platos de comida.
Hablaban del clima.
De política.
De los chismes del barrio.
Pero nadie hablaba de la única pregunta que todos tenían en la cabeza.
¿Por qué?
¿Por qué un joven pondría un arma contra su propia cabeza?
Años después hablé con su esposa y me contó que esa noche estaba completamente borracho.
Todavía pienso en Mario, joven, guapo, sentado en el trampolín de la piscina de la finca, leyendo un libro.
Sigo en contacto con sus hijos por Facebook.
Hoy son adultos trabajadores, capaces y con sus propias familias.
A él le habría gustado ver eso.
Un velorio diferente
Años después asistí al velorio del hijo de una compañera de trabajo en Bogotá.
Habíamos estado actuando cinco días por semana en Y Se Armó La Mojiganga, un musical colombiano. Leonor González Mina, una de las protagonistas, tenía un hijo, un músico extraordinario, que murió en un accidente automovilístico en Italia mientras nosotros seguíamos presentando la obra.
Cancelaron la función del domingo para que todo el elenco pudiera asistir al velorio en la casa de la productora, Fanny Mikey.
Recuerdo estar sentada con Leonor en el sofá de terciopelo azul de Fanny, escuchándola hablar de su hijo.
Contaba cuánto lo extrañaba y la maravillosa vida que había tenido.
No evitaba el dolor.
A ratos reía.
A ratos las lágrimas le corrían por la cara.
¿Y si enseñáramos sobre el duelo?
Cuando yo crecía, en mi casa y en el colegio no se hablaba de la muerte.
El mensaje parecía ser: trágate tus sentimientos como todo el mundo... y sigue adelante.
¿No sería mejor enseñarles a los niños sobre la muerte desde pequeños para que no crecieran teniéndole tanto miedo?
Envejecer y morir forman parte de la vida. Quizás hablar de ello también debería serlo.
Cuando recibí la noticia, llamé a mi amiga y le mandé varios mensajes.
Ella me respondió con notas de voz. Todavía no estaba lista para hablar por teléfono.
Le escribí que estaba bien.
Que podía responder como quisiera.
Que yo estaba ahí para escuchar.
JM, espero que hayas encontrado la paz.
Yo seguiré pendiente de tu hermana.
Desde donde estés, te toca a ti cuidarla.
